| Cos ( @ 2005-06-10 16:27:00 |
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Fic J/A - La Canción de Hielo y Fuego
No quiero fanfiction de ASOIAF en mi vida, no para escribir y menos para leer (excepto excepciones muy específicas), no sé muy bien porqué. Pero estaba de buen humor, Quien Yo Sé llevaba dos semanas turrándome a diario para escribirle un J/A y me apeteció hacerla feliz (es feliz con poca cosa, ya veis) así que escribí ésto (excepto un par de frases añadidas hoy). Al día siguiente me sentí blasfema y una sensación horrible se adueñó de la boca de mi estómago. Después me recuperé. Hoy leí un fic genial y volví a sentirme blasfema, y ahora estoy demasiado de vuelta de todo y sólo me apetece postear algo.
Fandom: La Canción de Hielo y Fuego
Pairing: Jaqen/Arya
Género: Romance
Rating: Nah por ahora
Spoilers de Choque de Reyes, pero nada significativo y nada que nadie que no lo haya leído vaya a entender, así que no cuenta mucho como spoiler, de momento.
Advertencia seria: No me he leído Tormenta de Espadas así que cabe la posibilidad de que me pase el canon por el forro de sitios impúdicos sin enterarme. Si lo hago, no me lo contéis; prefiero descubrirlo por mi misma ese utópico día en el que pueda leer el libro.
Sin betear ni nah y una redacción de parvulitos.
Los últimos rayos de sol calentaban el rostro cansado de Arya cuando llegó a las puertas de la ciudad libre Inbiwan, y ya era noche cerrada cuando encontró una posada con una habitación libre y un establo bien aprovisionado.
No eran comunes los caballos, allá en las tierras libres, tan lejos de los Siete Reinos. Arya lo había averiguado a fuerza de viajar de una ciudad a otra durante las cuatro semanas anteriores, con una moneda como única brújula, siempre un paso por detrás de su objetivo. Preguntando en cada puerta, en cada posada, y recibiendo indicaciones distintas, confusas, y siempre, al parecer, desacertadas.
No eran comunes los caballos, ni tampoco las espadas ni los lobos de ninguna clase, y Arya había dejado por irremediable atraer hacia sí todas las miradas a su paso, siempre a lomos de su semental mestizo, con Aguja al cinto y Nymeria a su lado, enorme, terrorífica, preciosa.
Sin embargo, ya no la preocupaba que la observaran, porque había entendido, lentamente, que en las ciudades libres pocos eran los que miraban con codicia a sus vecinos, y menos los que estaban dispuestos a acercarse a una loba huargo.
Pero Arya estaba cansada de su búsqueda, y a cada paso de su caballo dudaba más de la sensatez de haber viajado tan lejos de su hogar -de su mundo- para, ahora que lo había reencontrado, lanzarse a la aventura, sola, buscando a un hombre extraño -tal vez un mago-, que rondaba sus recuerdos más dolorosos. Perdida, diminuta, en las sombras de un castillo o en manos de un monstruo, y él de fondo, con el pelo blanco y rojo y la sonrisa brillante, apuesto (de mentira, se recordó), y con los oídos abiertos a sus susurros.
Esos mortales susurros.
Una sombra en su memoria que había matado por ella más de lo que debía, que la había sonreído al darse cuenta de su trampa.
-Entonces la niña... ¿diría otro nombre si un amigo la ayudara?
Un amigo en su memoria.
No hubo ningún sonido delator; ninguna hierba seca que se quebraba bajo la suela de una bota, ninguna respiración demasiado alta ni -es educación básica, pensó ella con el estómago en la garganta- ningún carraspeó cortés. En un momento dado Arya se creía sola en el establo, restañando una herida en la pata de su caballo mientras tarareaba por lo bajo una tonada de Invernalia, y al segundo siguiente sabía que había alguien detrás suyo y conocía, de manera intuitiva, su identidad.
Hubiera deseado fingir ignorancia durante un rato para comprobar cuánto tiempo estaba dispuesto a seguir observándola en silencio y qué haría finalmente, si dar su presencia a conocer o irse a hurtadillas y esperar a que ella le encontrara. Pero la tensión que se había adueñado de Arya era evidente para cualquier espectador. Desde luego, era evidente para su caballo, que empezaba a moverse inquieto sobre sus patas, y para Nymeria, que había localizado el origen de su inquietud -seguramente antes que ella- y le miraba fijamente a través del espacio que les rodeaba, echada a lo largo sobre un montón de paja seca en el lado contrario del establo. Detrás de Arya, a su espalda, ligeramente a su derecha. Donde ella calculó recordaba haber visto los calderos para el agua de los caballos, apiñados.
Así que cogió aire y esperó unos segundos con las manos dentro de un balde lleno de agua sucia donde limpiaba el trapo con el que curaba a su caballo. Esperó, sabiendo que él era consciente de que ella esperaba, a que él diera el primer paso. Pero no lo dio, y una imagen de su memoria frotó hasta ella: él, con una sonrisa indolente, observándola cruzar un enorme comedor con la comida para su señor. Él, observando a Comadreja.
-Me dijiste que podría encontrarte con facilidad enseñando la moneda.
Un tono acusador, brusco, molesto tanto por el recuerdo como por su cansancio y, sobre todo, por su silencio.
-¿Dos semanas de búsqueda en tierras tan vastas te parece mucho tiempo?
El mismo tono suave, ronco que recordaba.
-Un día en tu tierra es agotador como tres en la mía.
-Vaya, vaya, niña Stark. Uno pensaba que estabas hecho de material más resistente.
-Una... -se giró para mirarle y cerró la boca, confundida-. Eres igual que como te recuerdo.
El mismo rostro, la misma sonrisa.
-Signo de buena memoria.
El mismo encanto.
-Sabes a qué me refiero.
Y un suspiro.
-Demasiada buena, veo.
Ella le miró en silencio. Él volvió a sonreír.
-En honor a tu visita -aclaró, señalándose el rostro con un movimiento elegante.
Se quedaron en silencio; él observando minuciosamente los cambios operados en su rostro a través de los años transcurridos, ella nerviosa, con la mirada fija en algún punto del cuello de él, hasta que rompió el silencio.
Atacando, por supuesto.
-Dije Valar Morghulis -comenzó, volviendo la mirada a sus ojos, que la observaban tranquilos-. Dije Valar Morghulis a todo el mundo, aquí. Todos parecen saber donde estás, pero te mueves rápido. ¿Huías de mí?
Él hizo una mueca.
-Uno no huiría de ti. ¿Uno tiene motivos, acaso?
-Dije Valar Murghulis -repitió en un susurro, con los ojos fijos en él- todo el tiempo. Todo -recalcó-. Me ayudó. No, no sé muy bien porqué...
-Es una palabra de gran poder.
-¿Qué significa?
-Cosas, niña Arya. Pero a uno le gusta más el significado que le has dado tú.
¿Qué significado?, quiso preguntar ella.
Él cambió de tema. Miró a su semental.
-¿Cómo se llama tu caballo?
-Nieve.
-¿Un bastardo?
Arya se encogió de hombros.
-No creo que sus padres estuvieran casados.
La carcajada barrió la tensión del ambiente. Arya luchó contra sus labios, que se torcían por voluntad propia en una sonrisa. Ocultó la mueca resultante mirando al suelo y de inmediato se corrigió y alzó el mentón, dirigiendo esta vez los ojos hacia el cuello de su montura.
-En realidad es por mi hermano. Él, mi hermanastro, en realidad. Él es bastardo. Jon. Jon Nieve. Hace mucho tiempo que no le veo... -una pausa contenida, un suspiro tembloroso-. Hace tiempo que no se sabe de él, pero yo sé que está bien.
-Lo está, niña Stark, Jon Nieve del Muro batalla su propia guerra, muy lejos su sendero del tuyo. Pero está vivo.
Arya le miró con los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta. La esperanza brillando en sus pupilas, en sus mejillas.
-¿Cómo sabes eso?
Su respuesta, acompañada de una familiar sonrisa indolente, la enfureció.
-Uno sabe muchas cosas que no debe compartir, niña Arya. Ni puede, ni quiere.
-Ya no soy tan niña -barbotó, sin saber qué otra cosa decir.
Y habría jurado en ese momento, en ese preciso instante, que la sonrisa indolente se volvió un poco rapaz.
-No.
No supo qué responder. Prosiguió él, volviendo la vista Nymeria.
-A uno le agrada conocer a tu loba -miró a Arya-, y volver a verte a ti. Me hospedo en la casa de un amigo y la... -diversión en sus ojos- chica Arya está invitada a unirse a las celebraciones -no esperó su respuesta-. Y ahora uno debe irse, a su pesar. Te veré esta noche en la mesa de mi amigo, espero. Pregunta por la Cabaña Negra. Sus camas son más cómodas que las de esta posada.
Esperó un momento, como pensando que Arya añadiría algo.
Arya estaba atontada.
-Hasta la noche, chica Stark.
La puerta del establo se cerró tras él.
-Tampoco me llames chica –susurró Arya.
Sonaba igual que niña.
Tardó varios minutos en darse cuenta, cuando vendaba con cuidado la herida de su caballo, de que Jaqen no le había preguntado la razón de su presencia.Continuará... A lo peor hasta continúa.